La masacre de niños durante la represión orteguista

El bebé no lloró. No gritó. No habló. Nelson Lorío, su papá, miró cómo se le hundió la mollera. La sangre corría por sus manos. La camisa, el trapo con que lo tapaba, su ropita, todo estaba rojo. Fueron segundos que pasaron rápido y a la vez lentos. Entró a una casa de una señora que no conocía. Ella le lavó su cabecita. Lo último que miró de su niño fueron unos gestos de querer hablar, unas gesticulaciones que cree eran las de: “mamá” o “papá”.

Teyler Leonardo Lorío Navarrete murió el 23 de junio de un disparo a la cabeza. Tenía apenas 14 meses y 16 días de haber nacido. “No tenía color ni partido político, estaba en estado angelical. Jamás se imaginó que le iban a disparar”, dice Nelson Lorío, su padre, quien lo llevaba en sus brazos cuando recibió el impacto de parte de “policías y paramilitares” que realizaban “labores de limpieza” en el barrio Américas Uno de Managua.

La muerte del bebé Lorío Navarrete es uno de los últimos asesinatos de niños por parte de la represión orteguista. La Asociación Nicaragüense de Derechos Humanos (ANPDH) reveló que 21 menores, de 18 años o menos, han muerto entre el 18 de abril y el 25 de junio, en los hechos violentos de la crisis política que vive el país.

 LA PRENSA contabiliza 15 casos de jóvenes que han muerto de las formas más crueles: de impactos de bala en la cabeza, pecho o cuello. Mientras que hay algunos que murieron calcinados junto con sus padres, suplicando por sus vidas o atropellados cruel e intencionalmente por un bus.

Según el informe de la ANPDH, ocho de los menores de edad tenían 17 años, cuatro tenían 16 años, cinco 15 años, una niña de 11 años y una de 2 años, y dos bebés: uno de 14 meses y otro de cinco meses de edad.

“Herodes nicaragüense”

La presidenta del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh), Vilma Núñez, dijo que el presidente inconstitucional Daniel Ortega se está convirtiendo en el Herodes nicaragüense. “Herodes fue aquel que mandó a matar a todos los niños de determinadas edades para que no le hicieran competencia. Entonces, Daniel Ortega está matando a la niñez nicaragüense”, afirmó Núñez.

El Movimiento Mundial por la Infancia (MMI)-Capítulo Nicaragua condenó el “uso de la fuerza letal” del gobierno de Daniel Ortega contra los niños en la crisis sociopolítica local, que ha dejado más de 218 muertos, según sus datos, de los cuales al menos 17 son menores de edad.

“Condenamos rotundamente el uso de la fuerza letal contra la población civil, especialmente niñas, niños y adolescentes”, señaló el MMI Nicaragua, quien exigió al Estado nicaragüense asumir “su rol como garante de derechos con mayor cuidado y responsabilidad por tratarse de un niño, niña o adolescente, y debe además tomar medidas especiales fundamentadas en el principio del interés superior de la niñez”.

El bebé de 14 meses, Teyler Lorío, asesinado de un balazo en la cabeza. LAPRENSA/Cortesía

Disparo contra Dios

El domingo 24 de junio, durante la homilía en la Catedral de Managua, el cardenal Leopoldo Brenes, presidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, elevó una oración especial por la memoria de Teyler Leonardo Lorío Navarrete, bebé de 14 meses.

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Ese mismo día el obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua, monseñor Silvio Báez, calificó el asesinato de Lorío como “otro signo de inhumanidad”.

Monseñor Rolando Álvarez, obispo de la Diócesis de Matagalpa, dijo que “la bala contra inocentes es un disparo contra Dios”. Y agregó: “En la bala asesina disparada contra los niños también se ha disparado contra Dios, se ha profanado contra Él, quitando la vida contra los inocentes”.

El bebé de los colochos

Los colochos de Teyler es lo que más recuerda su padre, Nelson Lorío: “Siempre quise un niño así, con ese tipo de pelo”, dice el padre. “Nunca se lo corté porque queríamos dejárselo crecer”.

Nelson Lorío y Karina Navarrete se conocieron hace ocho años. Un año después nació Joshuara, su primera niña que ahora tiene 7 años de edad. Estuvieron separados durante dos años y regresaron desde hace cinco. Ambos planificaron tener un niño durante ese tiempo, hasta que el 7 de abril de 2017, a las siete de la mañana, nació Teyler Leonardo en el Hospital Monte España.

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“Mi orgullo de varón”, dice el padre, quien fue el primero en cargarlo, sin poder imaginarse que también sería el último. “No lo podía dejar de ver. Nunca me lo despegaba”, dice Nelson, quien a partir de ese día empezó a trabajar en supermercados o gasolineras para que a Teyler “no le faltara nada”.

Karina Navarrete, la madre, también empezó a trabajar como doméstica. Ambos compraron un terrenito que todavía están pagando. Es por eso que todos los días iban a dejar a Teyler a la casa de su abuelo paterno, Jaime Lorío, en el barrio Américas Uno.

El abuelo se encariñó tanto del niño que se lo pedía a su hijo. “Mi esposa se enojaba porque mi papá se lo quería quedar”, dice Nelson apenas sonriendo. “Yo no hallaba cómo decirle a mi papá que el niño había muerto porque me daba miedo que también se muriera”.

El abuelo se desmayó con la noticia. En el sepelio también se desmayó, después de que abriera el ataúd de su nieto y le depositara el peluche con el que jugaban. Ahora, Jaime Lorío llega todos los días a visitar a su hijo para no sentirse solo. Llega en la mañana, siempre con un vaso de leche agria y una tortilla. Trata de verse fuerte, sereno. “Pero tal vez solo me meto un momento al cuarto y cuando regreso lo encuentro llorando”, dice Nelson.

Teyler se dormía a las nueve de la noche y se despertaba a las cuatro de la madrugada. “Era mi alarma para ir a trabajar”, dice Karina. Desde esa hora, Teyler le gritaba a su abuela o a sus tíos para “que supieran que estaba despierto y lo cargaran”, dice la madre.

El ataúd del bebé de 14 meses, Teyler Leonardo Lorío Navarrete. LAPRENSA/O.Navarrete

Joshuara, la niña de 7 años, también pregunta por su hermanito: “¿Y el negrito, dónde está, mama?” Karina Navarrete trata de no llorar delante de su hija. Le responde que el negrito está en el cielo, que está jugando, que le desee buenas noches y que le diga que hoy se porte bien.

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Durante el día Karina se distrae platicando, viendo televisión, dando entrevistas. Pero cuando llega la noche se quiebra. No aguanta. Duerme a la niña y se va a otro cuarto. Enllava la puerta. Llora. No le importa lo que piensen los demás que solo escuchan sus gritos. En ese cuarto “solo yo sé cómo me pongo a llorar”.

Mathías Velásquez Raudez, de cinco meses, y Daryeli Velásquez Raudez, de dos años de edad. Tomado de Facebook.

Niños calcinados

Mathías Velásquez Raudez, de cinco meses, y Daryeli Velásquez Raudez, de 2 años de edad: Ambos murieron calcinados en su casa el sábado 15 de junio, día en que la Policía y paramilitares hacían “labores de limpieza” en el barrio Carlos Marx, donde los protestantes de la zona habían levantado barricadas desde los primeros días de protesta.

En la tragedia murieron de la misma forma sus abuelos Óscar Velásquez Pavón y Maritza López. Y también sus padres Alfredo Velásquez López y Mercedes Raudez. Un día antes que murieran en el incendio, su madre había subido una foto donde aparecían los niños con trapos sobre sus rostros, como una especie de pasamontañas, y unos morteros de juguete que llevaban el grabado de Nicaragua. “Mis bebés vandálicos”, había escrito en su publicación.
Adolescentes asesinados

Álvaro Conrado.

 

Álvaro Conrado, de 15 años de edad: Fue el primer niño asesinado durante las protestas. Murió el 20 de abril después de mediodía. Fue asesinado cuando llevaba a escondidas agua a los universitarios que recogían víveres en la Catedral de Managua. Era músico, atleta y quería ser abogado. Recibió un impacto de bala que le dañó la tráquea y el esófago.

Orlando Córdoba, 15 años de edad: Asesinado el 30 de mayo, Día de las Madres. Orlandito nunca había participado en ninguna marcha. Aquel día frente a la UNI una bala penetró su tórax. Su pasatiempo era mirar videos en YouTube para aprender a tocar mejor la batería, su instrumento de todos los viernes en el culto de su iglesia evangélica. Era fanático del Barcelona, equipo español de futbol. Cursaba el sexto grado de primaria en el Centro Escolar España, en Managua.

 

 

Sandor Dolmus

Junior Gaitán, de 15 años de edad: Fue asesinado el 2 de junio, de rodillas ante un policía, según familiares y testigos. “Le suplicó por su vida”, dijo su madre Aura Lila López. “Le disparó a quemarropa en el pecho”. Le encantaba jugar futbol. Le decían el Pollo o Pollito, de cariño. Fue una vecina la que le “encajó” ese apodo, supuestamente porque comía mucho pollo frito. Era buen alumno, le llamaban la atención los bomberos y los grafitis.

Sandor Dolmus, 15 años de edad: Murió el 14 de junio. Un balazo certero lo tumbó partiéndole el pecho, a unos metros de la puerta de su casa, en el barrio San Juan. Casi no salía de casa. No había salido en los últimos dos meses. Le gustaba mirar videos en YouTube de cantos a la Virgen María. Era muy católico y seguidor de monseñor Silvio José Báez, obispo auxiliar de Managua. Estaba en cuarto año del colegio de secundaria Sagrado Corazón de Jesús.

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Junior Gaitán. LAPRENSA/ Cortesía

Francisco Rivera Narváez, de 16 años de edad: Falleció el sábado 23 de junio. El informe médico legal indica que la causa de la muerte fue herida por proyectil de arma de fuego, con entrada y salida en el cráneo. El joven habitaba en el barrio Santa Elena de Managua. Ese día regresaba de jugar futbol en el parque del barrio Monte Fresco, cuando fue atacado.

Samuel Reyes, de 16 años de edad: Asesinado el sábado 23 de junio. Murió al ser herido por arma de fuego y arma blanca en el cráneo. Vivía en el barrio Reparto Schick de Managua.

Jesner Josué Rivas, de 16 años de edad: Asesinado el 22 de abril. Su madre contó que ese día, al escuchar que un grupo de vándalos pretendía asaltar un supermercado en la entrada del barrio La Fuente, de Managua, Jesner tomó su tiradora y salió de su casa. Minutos después una bala lo impactó casi a la altura del cuello, en la parte izquierda. Le gustaba jugar futbol y su familia conserva los trofeos que había obtenido.

Orlando Córdoba

Abraham Antonio Castro Jarquín, de 17 años de edad:Asesinado el 8 de junio durante un ataque de turbas paramilitares orteguistas en la salida norte del municipio de Jinotega. Sus familiares le llamaban Patito. Se dedicaba a la reparación de motos, pero llevaba días en las trincheras. Vivía en el barrio Carlos Rizo.

Ángel Reyes, de 17 años de edad: Murió el 17 de mayo, después de que una ruta lo atropellara intencionalmente.Estaba en una barricada cuando un bus, conducido por un paramilitar, le pasó encima y le causó la muerte casi inmediata. Reyes era estudiante del Colegio Rigoberto López Pérez y estaba apoyando a los universitarios atrincherados en la Upoli.

Carlos Bonilla López, de 17 años de edad: Murió el 20 de abril tras recibir un balazo. Fue un disparo en la frente. Estaba en Ciudad Sandino y lo trasladaron al hospital local y luego fue remitido al Hospital Lenín Fonseca, donde murió. Había salido a un ensayo de la banda rítmica a la que pertenecía. Se acababa de bachillerar, en 2017, y estudiaba cursos libres de caja e inglés.

 

Abraham Castro

José Abraham Amador, de 17 años: Asesinado el 20 de abril, cuando recibió el impacto de bala que le perforó los pulmones, cerca del mercado de Artesanías, de Masaya. Era estudiante de cuarto año de secundaria del centro Rafaela Herrera y pretendía estudiar Veterinaria.

Richard Eduardo Bermúdez Pavón, de 17 años:Fue uno de los primeros muertos del 19 de abril.Cayó de una ráfaga en el tórax. Era estudiante de secundaria y vivía en Tipitapa, donde formaba parte de una comparsa rítmica.

La Prensa

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