Se llama Rolando Álvarez y no es nada nuevo que le plante cara al poder!

No es nada nuevo que Rolando Álvarez le plante cara al poder. De joven se pronunció en contra del Servicio Militar Patriótico y estuvo exiliado en Guatemala. Ahora su voz suena alto y firme cuando denuncia los abusos del Estado.

Por Raquel Acosta Espinoza

En la memoria de Rolando José Álvarez vive un niño de pantalones cortos, camiseta y botines. Es un niño travieso que juega a ser sacerdote y que usa las faldas y vestidos de su madre y hermana a manera de sotana para dar la “misa” a su público en casa. Ese niño es él y de solo recordarlo al obispo de Matagalpa le brota una sonrisa.

Desde siempre le gustaron las cosas de la Iglesia. Su hermana mayor, Vilma Álvarez, recuerda que se hacía llamar “padre Miguel” y pedía la atención de los presentes para que escucharan sus “prédicas”.

Aquel juego infantil se volvió realidad hace 24 años, cuando fue ordenado sacerdote de la Iglesia católica. Y hace siete fue consagrado obispo de la Diócesis de Matagalpa, un nombramiento que no esperaba, comenta el religioso.

A Rolando Álvarez no solo se le ha visto celebrando homilías, también bailando ante una multitudinaria feligresía. Sube a los buses para predicar el evangelio y aconseja a sus ovejas, blancas y negras, por igual, a través de su cuenta de Whatsapp. No tiene problemas con agarrar una escoba y barrer la parroquia y no titubea cuando se trata de señalar los abusos del poder. Se le ha oído, por ejemplo, tildando públicamente de “brutal” y “salvaje” la actuación de la Policía Nacional en el emblemático caso de Juan Lanzas, el campesino matagalpino que recibió una golpiza por un robo que no cometió, fue arrestado, adquirió una infección en la cárcel y terminó con las piernas amputadas.

Y también lo hemos visto llamando enérgicamente desde el presbiterio a “vencer el miedo” y a “nunca prestarnos a la corrupción, al fraude, a la farsa”. Su voz es firme y sus planteamientos frontales. Rolando José, el niño que jugaba a ser cura, se ha convertido en uno de los obispos más críticos de Nicaragua. Pero en Matagalpa también es el sacerdote que sube a las montañas para que los campesinos puedan casarse y bautizar a sus hijos.

Rolando Álvarez

Las misiones del obispo en las montañas de Matagalpa muchas veces requieren de largas horas a caballo. Los feligreses católicos de las comunidades le acompañan la mayoría de las veces. FOTO: MAGAZINE/ Archivo

Rolando José Álvarez Lagos nació el 27 de noviembre de 1966 en Managua. Su mamá, Ángela Lagos, originaria de Chinandega, se dedicaba a la venta de atol y formaba parte del Camino Neocatumenal. Mientras que su papá, Miguel Álvarez, era un obrero capitalino que se congregaba con la comunidad Renovación Carismática. La llegada de aquel bebé trajo consigo mucha alegría a la familia, pero a quien impresionó más fue a su abuelo paterno, Juan Francisco Álvarez, quien al verlo exclamó con emoción: “¡Faltaba el mejor!”, como si se tratara de una expresión profética, relata Vilma Álvarez, hermana mayor del sacerdote.

Rolando, el primer nombre con que lo bautizaron, lo eligió su hermana mayor, a quien el obispo considera también una mamá. El segundo, José, lo lleva en honor a la devoción de su familia por San José y por sugerencia de una tía que vivía con ellos.

Durante sus estudios, el pequeño Rolando José demostró ser inquieto y travieso, pero también inteligente, aplicado y con intereses muy poco comunes en un niño. Cuando estaba por concluir sus estudios de primaria le pidió al director que le dejara impartir clases de catecismo a los estudiantes de secundaria del instituto que aún no habían recibido la primera comunión. “Le aceptaron la propuesta y varios alumnos recibieron las enseñanzas del catecismo por Rolando”, cuenta Vilma, orgullosa de su hermano menor.

Rolando Álvarez

Rolando Álvarez cuando tenía 6 años. FOTO: MAGAZINE/ Cortesía

Con todo, el sacerdote considera que su infancia y su adolescencia fueron “normales”. Aunque a los 10 años de edad ya dirigía el grupo juvenil de Los Carismáticos, en la iglesia de Campo Bruces. A los 14 renovó su bautismo y a los 16 se opuso al Servicio Militar Patriótico.

Su liderazgo en las pastorales juveniles de la Arquidiócesis de Managua (Masaya y Carazo) cada vez cogía mayor fuerza y desde su posición como líder juvenil rechazó el Servicio Militar obligatorio. Estaba en contra de que los muchachos en edades de cumplimiento empuñaran un arma de fuego y que en otros casos tuvieran que huir del país o esconderse por temor a que los llevaran por la fuerza a las bases militares.

“Me acuerdo que dos días antes de que entrara en vigencia el Servicio Militar mi papá me llamó y me dijo: ‘Casi todos tus tíos me están obligando a que te saque del país, podés irte mañana si querés, pero yo voy a respetar tu decisión. Lo que vos decidás eso se va a hacer’. Yo era un chavalo de 16 años en ese momento y le dije: ‘No papa, yo me quedo en Nicaragua’”, rememora el sacerdote, admirado por el “apoyo incondicional y la libertad de decisión” que siempre recibió de parte de sus padres.

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No fue al Servicio Militar y como era de esperarse, la persecución no cesó. “Como dos o tres veces se lo llevaron preso. Y las veces que se lo llevaban llegaban a catear la casa. Nos dejaban todo alborotado. Era mucho dolor y sufrimiento ver lo que hacían… Él nunca se involucró en la política, solo en la religión”, revive aquellas escenas Vilma Álvarez.

Entonces llegó el momento en que, muy a su pesar, Rolando Álvarez se vio obligado a abandonar Nicaragua. Primero se fue él solo; después su familia lo alcanzó en Guatemala. Sus padres habían decidido dejar el país porque sus otros dos hijos también corrían el riesgo de ser forzados a cumplir el Servicio Militar.

Allá en Guatemala, Rolando José obtuvo el estatus de refugiado, después que el alto comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) comprobara el riesgo que corría en su propio país por ser un líder religioso.

“En aquel momento no sé cómo me sentí, pero hoy te puedo decir con mucha alegría en mi corazón que fui un refugiado de Acnur. Son experiencias que uno se da cuenta que te forjaron en la vida”, rescata como aprendizaje de aquel episodio de su vida en el que tuvo que huir de su país como si hubiese cometido un delito que ameritara pena de muerte.

Rolando Álvarez

Rolando José, junto a su mamá Angela Lagos, Se bachilleró con honores en Guatemala. FOTO: MAGAZINE/ Cortesía

Monseñor Álvarez fue uno de los miles de muchachos nicaragüenses que en aquella época tuvieron una juventud accidentada. “Creo que nosotros pertenecimos a una generación de jóvenes que nos tocó conquistar a precio de persecución y dolor nuestra libertad”, dice. Y se llena de orgullo al afirmar que a él sus padres lo educaron “amando la libertad”. Desde pequeño descubrió que prefiere “la libertad al pan, porque un pan sin libertad es humillación a la dignidad del ser humano y hasta se corre el riesgo de caer en el servilismo”, asegura.

El exilio para Rolando Álvarez fue una carta más de una baraja que supo jugar, aunque esa sea una metáfora algo extraña cuando se cuenta la vida de un sacerdote. Estando en Guatemala terminó sus dos últimos años de la secundaria en el colegio católico San Pablo. Se bachilleró con honores y portó la bandera de la Iglesia católica. Después se unió a las filas de decenas de jóvenes seminaristas. “Mi papá le decía: ‘¿Estás seguro? Es mejor ser un buen seglar y no un mal sacerdote?’ Pero a mi mamá le encantó la idea y lo apoyó en todo”, apunta la hermana mayor de Álvarez. Solo era el inicio de la aventura hacia una vida de sacerdocio.

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Es cierto que desde chiquito Rolando Álvarez acariciaba la idea de llegar a ser sacerdote, pero en realidad la carrera que había pensado estudiar era Administración de Empresas. Si su destino finalmente cogió por el camino religioso es porque, también, desde niño supo que “debía descubrir la voluntad de Dios” en su vida y que solo había dos posibilidades: “El matrimonio o ser sacerdote”.

Antes de tomar la decisión de su vida, tuvo tres novias, y a los 20 años pensó que quizás estaba ante la mujer que sería su esposa. Aquel dilema era demasiado grande para resolverlo solo, así que se propuso entrar “en un camino de discernimiento” para saber si Dios lo estaba llamando a la Iglesia para casarse o para casar a los demás. Un año estuvo pensándolo y finalmente, como ya se sabe, decidió que su verdadera vocación era ser sacerdote.

“Yo me acuerdo que se lo platiqué a ella (su novia en ese momento) y le dije lo que había decidido. Siempre voy a agradecerle su bondad porque la respuesta que me dio nunca lo voy a olvidar: ‘Yo con Dios no voy a pelear’, me dijo. Gracias al Señor ella tomó su camino y yo el mío”, recuerda.

Una vez elegido su camino, empezó a enamorarse más y más del sacerdocio. “Me sentía verdaderamente apasionado y a gusto como cuando tu corazón se siente realizado en el ambiente, la espiritualidad, en un proyecto de vida y me sentí ilusionado, atraído por el ministerio sacerdotal. Para mí la vocación sacerdotal es una llamada fascinante”, señala, todavía entusiasmado, 24 años después.

Rolando Álvarez
Rolando Álvarez cuando fue ordenado sacerdote en la Catedral de Managua. FOTO: MAGAZINE/ Cortesía

En su labor pastoral se ha encontrado con aquella exnovia y con alegría cuenta que puede verla a los ojos sin tener miedo. “Sin sentirnos extraños, sin avergonzarnos, con mucha naturaleza. Incluso esta persona, con la que a veces me encuentro, se confiesa conmigo y ha pasado a dirección espiritual también conmigo”, enfatiza, demostrando que el amor carnal quedó atrás.

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Durante su vida sacerdotal, monseñor Álvarez ha sido un seguidor y admirador de la intelectualidad de Benedicto XVI al igual que de su pensamiento. Le fascina leer sus libros. Ha estado en su presencia en dos ocasiones en el 2008 como sacerdote y 2011 en calidad de obispo, y confiesa que uno de sus deseos es volver a saludarlo. No obstante, su misión pastoral parece acercarse más a la de Juan Pablo II, quien se caracterizó por ser un papa viajero, humanista y crítico, que sin apartarse de la religión tenía incidencia en temas políticos.

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De hecho, el sacerdote está convencido de que Juan Pablo II es quien ha bendecido su trabajo sacerdotal. Prueba de ello, dice, es que sin planearlo fue consagrado obispo de la Diócesis de Matagalpa el 2 de abril de 2011, cuando se conmemoraba el sexto aniversario del fallecimiento del “papa viajero”.

“Yo creo que san Juan Pablo II fue uno de los que quiso traerme al episcopado de Matagalpa. Es decir, cuando ya él estaba en el cielo”, reflexiona monseñor Álvarez. Tenía 44 años cuando fue nombrado obispo. Estaba relativamente “chavalo”, dice, y ocupaba el puesto número 11 entre los monseñores más jóvenes del mundo.

Juan Pablo II ha estado muy presente a lo largo de su desarrollo como sacerdote. En 1994 pudo haber sido ordenado por él, pero rechazó la oportunidad respetuosamente. “Estaba terminando mis estudios de especialización en Roma, era el tiempo en que tenía que regresar a Nicaragua y el rector del Seminario en Roma me llamó y me dijo: ‘Mirá, está la oportunidad de que el santo padre te ordene sacerdote’”, recuerda con exactitud.

Rolando Álvarez

Rolando Álvarez en audiencia con Benedicto XVI. FOTO: HOY/ MAGAZINE/ Cortesía

Rechazó la propuesta por tres grandes razones: en ese tiempo respetaba al cardenal Miguel Obando y Bravo, quien finalmente lo ordenó en Managua; quería estar acompañado de su familia y deseaba que fuese en su tierra. Ante esta posición, el rector quedó sin palabras, sorprendido porque quizás otro seminarista habría aceptado, sin pensarlo dos veces, “la bendición de ser ordenado por el santo papa”.

Todavía atesora el recuerdo de su experiencia en Roma, pero dice que no se arrepiente de la decisión que tomó en ese momento y sigue considerando que fue la correcta. “Para mí siempre la patria, mi gente y, en aquel momento, mi obispo, son vitales”, afirma.

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Tenía 28 años cuando finalmente fue ordenado sacerdote. Era diciembre de 1994. “Ese día de mi ordenación me levanté muy de mañana, busqué una capilla y me fui a estar unas buenas horas ante Jesús Sacramentado y después salí directo a la Catedral (de Managua)”, recuerda el obispo Álvarez.

Ahí en la Catedral, fue ordenado junto a otros cinco sacerdotes, y no pudo contener las lágrimas. Vivió una explosión de emociones que lo llevaron al llanto. “Era un sueño, una ilusión a la que finalmente el Señor me había llevado. Yo realmente he sido feliz en mi vida, no ha habido una etapa que digamos que yo quisiera borrarla. Mi corazón está lleno de mucha felicidad, el Señor me hace feliz”, expresa.

Rolando Álvarez

Rolando Álvarez con su papá y hermanos en su primera misa como sacerdote. FOTO: HOY/ Cortesía

Para su familia sigue siendo Rolando, a secas, y a pesar de que es el menor de sus hermanos representa una figura paterna a la que todos acuden para que les ayude a tomar decisiones. En medio de sus obligaciones y sus oraciones, intenta al menos una vez a la semana compartir tiempo de calidad con la familia.

“Para la familia es una gran bendición y orgullo. Tiene una relación muy cercana con todos sus hermanos y sobrinos. Más que como un tío lo vemos como un segundo papá y un gran amigo que a pesar de su ajetreada agenda pastoral está accesible a apoyarnos, aconsejarnos y corregirnos”, enfatiza Mayra Álvarez, una de sus sobrinas. Para ella, su tío es un ejemplo de lealtad y humildad.

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Subir las montañas y llegar a las comunidades más remotas de la Diócesis es una de las principales misiones que monseñor Rolando Álvarez ha asumido en los siete años que lleva como obispo de Matagalpa. Recientemente visitó la comunidad número 500 de las 530 con las que cuenta la Diócesis de ese departamento. Y ese día los feligreses de El Guapote estuvieron de fiesta. Descendieron de los cerros aledaños, vistiendo sus mejores trajes. Las mujeres se maquillaron y los hombres se pusieron botas vaqueras. Poemas, cantos, hurras y todo un jolgorio dieron la bienvenida al sacerdote. ¡No todos los días llega monseñor a esta zona!

En Matagalpa ya es una tradición que el obispo sea misionero, que llegue hasta la más profunda comunidad, aunque esta quede en la montaña. “Esta forma de trabajar la inició monseñor Carrillo, el primer obispo de Matagalpa hace más de 90 años”, explica Álvarez.

Rolando Álvarez

El obispo de Matagalpa junto con habitantes de la comunidad El Guapote, Matiguás- Matagalpa, caminan hacia la parroquia San Francisco de Asis. FOTO: MAGAZINE/ Óscar Navarrete

A diferencia de la ciudad, donde los feligreses pueden elegir fecha e incluso sacerdote, en las montañas las visitas del obispo son aprovechadas para celebrar bautismos, comuniones, confirmaciones, y en ocasiones, matrimonios. Al finalizar la misa siempre hay festejo y la comida preparada por los mismos lugareños aguarda para todos.

Para monseñor Álvarez, “lo más hermoso de llegar a una comunidad es la gente. Es una maravilla, el corazón el amor que la gente transmite es insustituible”.

Estas citas con el pueblo, con el campesinado, las realiza al menos tres veces a la semana. Así programó su agenda desde que asumió la Diócesis matagalpina, en 2011. Pero lo mismo atiende a sus feligreses en la ciudad y visita a los reos del Sistema Penitenciario. Además, los jueves va a su programa de radio, que es retransmitido a nivel nacional por 18 emisoras y 13 canales de televisión. De alguna manera logró cumplir el sueño que tenía cuando era aquel niño de pantalones cortos, camiseta y botines: tener una radio propia a la que llamaría “Primos y Hermanos”.

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Rolando Álvarez

Monseñor Rolando Álvarez en comunidad El Guapote, Matuguás- Matagalpa. FOTO: MAGAZINE/ Óscar Navarrete

Le gustaría que lo recordaran como un pastor de la Iglesia que intentó pasar haciendo el bien. Sin embargo, dice, “serán las generaciones futuras quienes establezcan cómo me quieren recordar”.

 

Ni popular ni confrontativo

“Popular” es un adjetivo que el obispo Rolando Álvarez no admite para sí mismo. Considera que su actuar es “sencillo y espontáneo”. “Hago lo que mi conciencia me indica. Lo que mis criterios y mis principios morales me señalan. Hago lo indicado en mi misión como pastor”, subraya.

Para Emiliano Chamorro, periodista y amigo de Álvarez, este es un “pastor que denuncia sin miedo las injusticias, vengan de donde vengan”. Además, agrega, “ha demostrado ser un pastor de una sola pieza, enfocado en predicar la verdad, evangelizar y llevar las almas a Cristo, pero denunciando las injusticias”.

Álvarez considera que en Nicaragua urge restaurar la institucionalidad, restablecer la independencia de los poderes del Estado y la justa relación de la macroeconomía con la microeconomía. Además de una reforma electoral y elecciones justas, libres y transparentes.

Rolando Álvarez

Sin embargo, no cree que sus análisis sean ataques al Gobierno, pues no se considera una persona confrontativa, sino justa. Ha intentado manifestarle al Gobierno que su misión y su postura son meramente evangelizadoras y pastorales, pero que cuando ocurra una situación que afecte a la población o a un sector de la población es obligación de él brindar orientación a la conciencia y al juicio de las personas que están esperando las palabras del obispo.

A sus 51 años, uno de sus proyectos como pastor es “animar la esperanza del pueblo”, luchar incansablemente por la justicia y proclamar la dignidad de la persona. La tecnología se ha convertido en una gran aliada para poder llegar a las masas. Está convencido de que sin el uso de las plataformas digitales, las redes sociales y los medios de comunicación en general la evangelización queda incompleta.

Sobre Rolando Álvarez

No le teme al poder, pero sí a los ratones. Les tiene fobia.

Es un hombre sentimental y En busca de la Felicidad es una de las películas que lo han hecho llorar. Por el contrario, las de Cantinflas lo hacen reír a carcajadas.

No concibe el mundo sin medios de comunicación y ver el noticiero CNN internacional es uno de sus pasatiempos favoritos.

Su día ideal inicia a las 4:00 de la mañana con la oración y termina con ejercicio físico. Admite que no le gusta estar desocupado y se define como “muy intenso” en todo lo que hace.

Por decisión propia dejó de escuchar música romántica y usar perfumes desde que era seminarista. Esas decisiones para él representan discreción y austeridad.

Rolando Álvarez

El obispo siempre está presto a las actividades que demanda el día a día, tener que lampasear, por ejemplo. FOTO: MAGAZINE/ Cortesía

Entre sus proyectos pastorales está la construcción de dos parroquias más para cerrar el año con 29. Cuando llegó a la Diócesis había 22 parroquias, ahora son 27.

De todos los deportes, el beisbol es su favorito y se define como fanático del equipo Matagalpa.

Si pudiera viajar en el tiempo, viajaría al pasado, porque dice que la memoria se edifica, renueva, y rejuvenece. Mientras que el futuro es el que uno va a vivir.

Si se ganara la lotería daría el diezmo para los pobres y dedicaría el resto para proyectos pastorales.

Tiene nueve sotanas en su armario. Cuatro negras, cuatro cremas y una blanca.

Álvarez, el maestro

Después que fue ordenado sacerdote, Rolando Álvarez fue enviado inmediatamente como formador del Seminario Mayor de la Arquidiócesis. Ahí estuvo 12 años y medio. “Siempre digo en forma de broma que lo único que hicieron fue cambiarme de cuarto. De uno pequeñito a otro que era menos pequeño. Es decir de un cuarto de seminarista a un cuarto de formador”, cuenta sonriendo.

Fue el encargado de la Disciplina y del área académica de Filosofía y Teología. Para monseñor Álvarez dedicándose a la enseñanza es como “uno se vuelve profesional, no con el título que te dan. Para mí dar clases es una formación permanente. Es lo bello de saber que aportaba un granito de mostaza a esos futuros sacerdotes”.

Rolando Álvarez

Álvarez como sacerdote y ser humano se ha identificado siempre con el pueblo. FOTO: MAGAZINE/ Archivo

Luego Álvarez estuvo al frente de la parroquia San Francisco de Asís, en Bolonia, por cinco años. Y de 2005 a 2011 fue portavoz de la Arquidiócesis de Managua. En ese mismo periodo fungió como secretario adjunto de la Secretaría del Episcopado de América Central.

Creditos: https://www.magazine.com.ni
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